3 de diciembre de 2011

Callejeando por Madrid

Esta  semana  ha  sido  larga  y  complicada aunque,  ahora que lo pienso,  últimamente  todas lo son. Tiempos nuevos, tiempos salvajes, que cantaban los Ilegales… 
Cuando el martes apagaba música y ordenador en mi despacho de Zurbano, me di cuenta de que llevaba pegada a esa pantalla casi diez horas, enredada entre borradores, cartas al Ministerio y encomiendas de gestión, era hora ya de echar el cierre. Y pensé que una caminata hasta el hotel me ayudaría, seguro, a despejar mi cabeza de cuentos, cuentas e historias que sólo cuentan para mí y que me tienen loca.
El día había sido luminoso pero frío, la noche apuntaba igual. Ni una sola mancha en el cielo negro brillante de Madrid salvo una media luna perfecta, de un amarillo muy pálido, como la pintan los niños chicos. Atravieso a paso rápido la larguísima calle de Hortaleza, es tarde pero los comercios siguen abiertos y los baretos están llenos de gente. Hay mucha vida en este Madrid de calles estrechas, puente cañero entre el barrio de Salamanca y la Gran Vía, me encanta.
Me queda nada por llegar a Sol, lo que significa bajar hasta la plaza por calle Montera. Mira que he pasado veces por aquí, no me acostumbro, ni mil veces que pase por ella serían suficiente, es superior a mi… Apoyadas en los árboles, sentadas en el último escalón de los portales o en el alfeizar de algún escaparate, son muchas, muchísimas y sin embargo procuran ni rozarse, como reivindicando su espacio por escaso que éste sea. Botas altas y de altísimo tacón, medias oscuras, una minifalda imposible, caminan apenas unos pasos para luego deshacer lo andado, sin aspavientos, como si no quisieran llamar la atención, qué perversa paradoja... Algunas, las menos, te miran entre sobradas y retadoras según vas llegando a su altura, me cuesta un triunfo mantener esa mirada. La mayoria de ellas, sin embargo, miran sin mirar o no hacen nada, sólo están, a la espera que no al quite. Esperan y poco más. Pero todas se parecen, todas, no importa si rubias o morenas, si culonas, gordas o flacas como un dolor, todas son igual de iguales, jovencísimas, casi niñas digo. Recuerdo a otras que estuvieron antes, años atrás, se movían Montera arriba-Montera abajo como pedro por su casa, te buscaban, insistían, reían descaradas y vuelta a empezar, parecían capaces de comerse el mundo o lo que fuera siempre que alguien pagara su precio. Estas niñas que me miran sin mirar no dicen nada, no sé si hagan nada, sólo están, dejan hacer, parecen asustadas. ¿Cómo acostumbrarse a algo así? Yo es que no puedo.
Y ya, que viva la Puerta del Sol sin campamentos, perroflautas ni indignados! 
La luna sigue en su sitio aunque creo que sólo yo me doy cuenta, que el resto del mundo no tiene ojos más que para las bombillas de mil colores que adornan el árbol de Doña Espe, que estamos en crisis pero qué más da, si ya es Navidad, o casi. Las parejas se autorretratan con el móvil, hay colas y colas de gente frente a las administraciones y carritos de loteria, músicos callejeros que tocan como los ángeles y otros que, en fin, tienen un morro que se lo pisan. Y mucha policía. Y El Corte Inglés. Y señoras cargadas con bolsas y paquetes, no distingo a los turistas. Demasiado bullicio, empiezo a sentirme incómoda, aprieto el paso, quiero salir de aquí…
Camino deprisa calle Arenal abajo y llego a Ópera sin el acostumbrado parón en la Taberna Real. Cruzo la plaza, enfilo la última cuesta y llego al Ambassador. Qué gente la del hotel, extraordinaria. Ha pasado mucho tiempo y, sin embargo, ahí están, ahí siguen, como siempre, haciéndome las cosas tan fáciles... se preocupan y en ello ponen todo su empeño. No es su profesionalidad lo que me admira, que también, son los pequeños detalles, la cercanía, su camaradería. Y esa habitación que reconozco es la mía nada más abrir la puerta. Saben que me gusta el viejo patio trasero del hotel al que me asomo tras retirar las cortinas del ventanal, un patio enorme y algo descuidado, con sus árboles sin podar y sus sonidos indescifrables, que se abre con descaro al cielo raso de Madrid. Ese cielo que continúa sin una sola mancha salvo la luna quieta, de un amarillo pálido, como la pintan los niños chicos.
Me acuesto, siento la cama fría, demasiado grande quizás. Abrazo la almohada del contrario y me hago un ovillo bajo el edredón. Estoy cansada, muy cansada, noto como me ronda el sueño pero no sé yo, que ahí sigue, pegajosa, la misma pregunta desde hace horas. Me pregunto si las niñas-puta de Calle Montera habrán pintado alguna vez una luna amarilla como la de hoy, si con ellas va la crisis o esta mierda de la navidad cuando la envuelven en papel de regalo. No sé si haya respuesta, no sé si de haberla quiero conocerla, dejo de pensar, me abandono. Mejor así...


3 comentarios:

Sasetaurrena dijo...

Bonito relato Etxegoyen... muy bonito.

Anónimo dijo...

Bueno... no sé qué decir... esa es mi luna, ese es mi Madrid... y esta es mi Elena.

Ojalá alguna vez llegue a ser capaz de tener la décima parte de sensibilidad que tiene ella.
Besos!

Anónimo dijo...

Hola Elena:Por casualidad,me he puesto a leer "Callejeando por Madrid".Lo he vivido ,cada paso ,es la zona por donde suelo andar,me encanta.La primera vez,estuve"de viaje de estudios",alla por 1.969,hospedados en la calle Arenal.Luego he estado muchas veces,por la City.Pero siempre ,por esa zona ,de tu mano la he recorrido y disfrutado,encima veo que es del 3,San Fco.Javier,buen regalo,Urte Berri On,nos seguiremos. Martin Goiko.