1 de septiembre de 2013

Recetario

Hace mil años, o más, que no he batido yemas, ni rallado limón o engrasado moldes para hacer un bizcocho. La repostería es cosa seria y yo un auténtico desastre, excepción hecha de las natillas y el arroz con leche, algo es algo...
Será por lo que sea, tal vez esté algo más sentimental esta última temporada pero hoy he hecho lo que hace mil años, o más, no hacía: desempolvar el viejo cuaderno de mi madre y darle forma a una de sus recetas. Ya está en el horno, pastel de arroz sin arroz. Sí, lo sé, una contradicción en si misma pero es que el recetario de la amona Conchita da para eso y para mucho más. Y, luego, esa su letra imposible, ay... 
Cierro los ojos y la veo... Veo a la ama con las gafas de ver intentando descifrar sus propias anotaciones en los mismos papeles que ahora tengo yo abiertos sobre mi mesa. Y veo la harina desparramada sobre la encimera, el viejo rodillo de madera manchado con restos de la masa de hojaldre y las cáscaras de huevo amontonadas en un rincón. O las reinetas de caserío que Justina acaba de traer de nuestro Txumarra y que terminarán o asadas al horno o dejándose arrugar en su cesta, que así la compota apenas te pide azúcar, me dice... E insistiendo en que me calce el delantal... a ver, ¿dónde tienes la manttala??? Haz el favor, que te vas a poner hecha un asco...
Cierro los ojos y siento que mi cocina huele hoy a la cocina de mi madre... No, no voy a llorar, de verdad que no voy a llorar. Digo que lo intentaré... 
Amatxo, maite zaitut.

Ay...


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