31 de marzo de 2015

Buster Keaton's eyes... ❤







































El ojo que tú ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve...

29 de marzo de 2015

Domingo de Ramos

Tal vez la hubiera pero no lo recuerdo. No recuerdo procesión ni borrico ni borriquita, sí laurel y palmas, y una algarabía de críos con ramos y ramas en la plazoleta de la Iglesia del Juncal, y a mi madre guapa como siempre pero ese día un poquito más. 
Y un balcón de madera pintado de verde oscuro en el que la amona Bale colocaba con precisión matemática mi palma bonita de Domingo de Ramos, la única... que no había más niña que la Marilén niña en aquella casa nuestra de la antigua calle de Jacobo de Arbelaiz...


28 de marzo de 2015

Lux Aeterna.

ADELANTE, PAPÁ
      Bárbara Alpuente
      Hija de Moncho Alpuente


Si tuviera el conocimiento poético que tenía mi padre, escribiría unas coplas a su muerte, como hizo Jorge Manrique, pero vais a tener que conformaros con esto.

Escribo envuelta en la perplejidad absoluta, invadida por una inquietud crepuscular, desde un infierno intermitente del que ahora salgo a coger aire para despedirme de mi padre.

Moncho, mi padre, se fue en la madrugada del 21 de marzo, y os confieso que todavía estoy esperando a que vuelva. Siento como si hubiera salido a pasear por Malasaña a saludar a los camareros y vecinos, a tomarse un chupito (o alguno más), a charlar con quien encontrara en su camino, a sonreír a los que se le acercaran, a contarle los secretos de Madrid a los parroquianos del Palentino, a jugar al ajedrez en el Estar, a celebrar la vida con su pandilla de la calle del Pez, a contarme qué estaba escribiendo, a recitarme versos de Góngora, Cervantes o Boris Vian, a comerse unos callos en el Bocho y charlar con Luisi, María y Loli, a sentarse en la terraza de Lamucca e ir recibiendo amigos durante horas hasta que oscurecía. Siento que ha salido del tiempo, pero solo un ratito, y que volverá a darme un abrazo y a contarme qué pasa al otro lado, por muy ateo que fuera, y a sentarnos en el jardín de su casa, ahora que empieza la primavera; a leer juntos, a escribir nuestras cosas y enseñarnos el trabajo según vamos avanzando, a verle pelear con Internet, porque mi padre era de esos que cuando salía una publicidad de “Introduzca aquí su móvil”, él iba y lo introducía. Siento que está aquí conmigo, sentado en el sofá, bajo su manta de cuadros, siempre con un libro entre las manos, y me parece oír su tos de fumador; esa que me tuvo en vilo media vida y que ahora incluso echo de menos.

Me pasé la infancia escuchando eso de “ayer vi a tu padre en la tele”, que me decían casi a diario en el colegio. Y a menudo lloraba al verlo en la pantalla, porque por mucho que extendiera los brazos, no podía traspasarla para abrazarlo. Y así estoy ahora, llorando desconsolada porque por mucho que extienda los brazos, no consigo llegar hasta él.

La primera vez que me llevó a Radio El País a presenciar su programa, entré en directo sin ser muy consciente de lo que hacía y le pregunté sorprendida: “Pero papá, ¿a ti te pagan por hacer esto?” Y sí, le pagaban, cada vez menos, por hacer lo que más le gustaba en el mundo: hablar, escribir y provocar carcajadas.

Supe que mi padre no era un súper héroe el día que pretendió coger un atajo para volver al faro de Ons, donde nos alojaba el farero Fernando Liste cada verano, y descubrí que nos habíamos perdido. Estábamos en mitad de un cementerio completamente desorientados, por mucho que él se resistiera a reconocerlo. O cuando tras animarme a que subiera a la montaña rusa del parque de atracciones para perderle el miedo, le vi vomitando tras un árbol porque el que se había mareado era él. Conocía sus fragilidades y aprendí a protegerlo, así como hicimos todos, porque mi padre, más allá de la figura mediática, también era un hombre frágil, y con un una enternecedora sensibilidad. Por eso era capaz de destrozar a Esperanza Aguirre en un soneto y luego tratarla con respeto cuando coincidían en alguna tertulia de radio.

Pasó sus últimos días mirando el mar, tomando notas, siempre pensando en un siguiente proyecto… Y me pregunto, papá, en qué proyecto andas ahora. Nosotros lo tenemos claro; nuestro proyecto es aprender a vivir sin ti, porque se puede, ya lo sé, pero no va a ser tan divertido.

Mi padre se fue de madrugada a tomarse la última al otro lado, junto a su amigo Almazán, Barquín, Camacho, Aparicio, y tantos otros que, como dicen, también se fueron demasiado pronto.

Y aunque él no creía en el cielo, me gusta imaginármelo allí; preguntando en la barra qué clases de whisky tienen (si en el cielo no hay un bar, la resurrección de mi padre será inminente), sentado tras un ventanal para observar a la humanidad, y comprobando que aquí abajo nos hemos quedado en blanco y negro.

Lo recuerdo levantando la mirada del libro para vigilar a los pájaros, a los que sabía distinguir por su canto y plumaje, y gritándome desde el jardín: “Bárbara, ven, mira qué color tienen las nubes…” Y yo acudía corriendo, me abrazaba a él y permanecíamos en silencio, sin imaginar que aquel sería nuestro último atardecer juntos… Al menos en vida.

Dicen todos que se ha ido demasiado joven. No sé muy bien quién decide a qué edad hay que morirse, aunque seguro que pronto existirá una ley para legislarlo. (que, como buen ácrata, se habría saltado con alevosía) Pero si os digo la verdad, intuyo que mi padre se ha largado cuando le ha dado la gana.

Moncho Alpuente deja a medias un musical sobre Franco, varias obras de teatro, proyectos de libros, uno de ellos en común, varios sonetos y, lo más importante, nos deja a medias a todos.

Quiero dedicar estas líneas a Chari; la mujer de su vida, a su familia, a su pandilla de los martes, a los amigos del Estar, a los compañeros de profesión, a los lectores a los que tanto afecto tenía, a los espontáneos que se acercaban a él en Las Canteras, a sus magníficos músicos, a mi madre, por haberle elegido para ser mi padre, a mis amigos, que me acompañáis en cada latido, a todos los segovianos, malasañeros y gallegos (Menos a Rajoy), a sus chicas, y a tantos que sois y que sabéis que hablo de vosotros. Gracias por tanto cariño, por tanto respeto, porque dentro del abismo anímico hacia el que me precipito irremediablemente, sé que esto sería mucho más difícil sin vosotros.

Adelante, papá, la carretera nacional es tuya. Y la eternidad.


5 de marzo de 2015

4 de marzo de 2015

Montxo Doral, in memoriam...

Tenía algo urgente en el despacho por rematar, lunes, si no recuerdo mal, y me dejé caer por ahí casi de amanecida y ya no pude salir hasta pasado el mediodía... A eso de las nueve de la mañana un golpe sordo, seco, tremendo, sacudió el cristal del ventanal justo detrás de mi... lo que hace la inconsciencia del momento... salí de inmediato al balcón y pensé "cómo huele a humo" para el poco humo que había, y entonces lo vi... vi un coche oscuro, con las puertas y el capó abiertos, deslizándose hacia el fondo de la calle... y gente que comenzaba a asomar con cara de asombro de portales y ventanas... y agentes de policía, que no tardaron en aparecer, bajaban corriendo hacia nosotros desde la Plaza del Ensanche, alguno nos ordenaba imperioso que volviéramos dentro de casa y esperáramos hasta que nos dijeran, bajadas las persianas... no tenían ninguna duda de que había sido un atentado, yo tampoco, entonces ya no...
Me llamaron enseguida, confirmando que se trataba de un ertzaina que vivía en las cercanías, se me paró el corazón... mi hermano Jaime lo era, la casa de su ama apenas a unos metros de mi despacho... recordé el color oscuro del coche reventado, el suyo era rojo, suspiré de alivio y comencé a respirar de nuevo pero con pocas ganas, sin fuerza... No me comunicaron que se trataba de Montxo hasta un par de horas después, y me quise morir... Montxo no era mi hermano, sólo era mi amigo... y su casa, puerta con puerta con la nuestra, y su alma jeltzale recogida en el mismo batzoki que yo, y su niño pequeño en la misma guardería que el mío... casi veinte años de cercanía y confidencias... En este instante me sentí morir dos veces: porque había respirado aliviada cuando supe que no era Jaime y de pura culpabilidad por haberlo hecho... ETA había asesinado a un hombre íntegro, en plena juventud, alegre como un cascabel y tozudo y fuerte como un roble, a mi amigo Montxo Doral, al ladito de mi despacho...

Las horas siguientes fueron frenéticas a pesar de la insufrible lentitud con la que transcurría el tiempo... la capilla ardiente en la Ertzain-etxea de Irun, el abrazo interminable con Xabier Gezala a la entrada de la sala, llevaba horas velándolo junto a Mikel Uribe, inconsolables los dos... el entierro en Blaya con una Idoia Sagarzazu, amigas desde niñas, rompiendo el silencio con su voz entrecortada pero firme entonando el Eusko Gudariak, el funeral en la parroquia del Juncal y los bertsok de Joseba Egibar... la concentración silenciosa en su memoria, Ardanza entero, Atutxa también pero, conociéndole, con Joseba Goikoetxea en su cabeza, y a todos los asesinados por ETA en su cabeza y en su corazón, malditos años de plomo... Aldaya y José Antonio Ortega permanecían secuestrados, la tensión se mascaba como un envenenado regaliz, negrura, hastío, impotencia, rabia apenas contenida...
Y en medio de todo ello una indecente Herri Batasuna escupiendo sobre la memoria de los muertos, de los secuestrados, de los amenazados... y ahora ya tocaba hacerlo además sobre la dignidad de la Ertzaintza... HB difundió un comunicado de prensa -todavía lo guardo, conviene recordar a quien presume de lo que no es, de donde venimos, unos, otros...- en el que defendía el atentado contra Montxo señalando que "esta acción es consecuencia de la actuación represiva de la Ertzaintza contra los independentistas"... acusaron a Xabier Arzalluz -presidente del EBB- y a Juanmari Atutxa -Consejero de Interior del Gobierno Vasco- de "ser ellos, y no otros, los culpables de la muerte de Ramón Doral" y de estar conduciendo a la Ertzaintza "a un camino absurdo, irracional y alejado de cualquier ética democrática"...  lo mismos que de nuevo miraron para otro lado cuando ETA, años después, asesinaba en Leaburu, lo acribillaron a balazos, a quien ahora lloraba a su amigo y compañero, a Mikel Uribe... ética, decían... indecentes cobardes hijosdeputa...
Me pregunto si sus herederos, hoy, no siguen pensando lo mismo, aunque disimulen... si disimulan, que no siempre... 
Montxo Doral Trabaledo, ene lagun maitea, beti, betirako, nere bihotzean...
Lux Aeterna!!!