9 de agosto de 2016

Fragmento...

Es lo que tiene regresar, volver a viejas lecturas, que te enamoras de nuevo.
... aquella otra tarde no hace mucho haciendo tanto...























________ … y esperar a Jacinto con la saca de cuero y la gorra ladeada que gritara desde la escalera ¡carta para la niña!, y que siempre decía lo mismo, "¿es posible que el tunela ése sepa escribir cartas?"

Bajaba con lo puesto, corriendo, dejando lo que tuviera entre manos, con el corazón en la garganta, el portón abierto, el grifo sin cerrar, las camas sin hacer, el peine donde fuera, la comida con el fuego, hasta la carta. “Ni las gracias”, decía Jacinto, y subía despacio los peldaños, me paraba, me sentaba en la mesetilla, la leía a principio todo lo deprisa que podía, me detuve para leerla más despacio, aceleraba, volvía a detenerme, así hasta que llegaba a las últimas palabras para de nuevo, una vez y otra vez, hasta memorizarla, y la doblaba, la ponía en el bolsillo de la bata, entre los pechos la ponía, allí, y la guardaba horas y horas, hasta que la voluntad de olvidarla lograba el olvido y entones la volvía a sacar, la volvía a leer, a releer, muy despacio esta vez, hasta dejarla en el cofre con llave que él me trajo de un viaje para que fuera poniendo las sábanas, las toallas, el juego de copas multicolores que nos tocó en la feria al poco tiempo de, su ropa y la mía cuando empezamos a reunir no sólo las esperanzas, cuando las caricias en el portal del invierno fueron más adentro y los besos más sin aire, cuando me ardían las mejillas hasta cerrar los ojos y me decía que me quería, y que tu madre se viene a vivir con nosotros, yo sin haberle dicho nada, le pondremos una habitación para ella sola, que yo la querré como a una madre, entre besos, entre caricias me lo decía, quién iba a imaginarme que un día abriría el cofre con llave y separaría las toallas, las sábanas, su ropa, lo reunido, y se lo dejaría delante de su puerta, en el rellano de la escalera, que escuché cómo lo fue metiendo en su casa, un ataúd parecía en el ruido arrastrándolo, lástima que no le pudiera ver la cara y yo ingenua, considerándolo un hombre bueno porque me acompañaba a misa cuando yo iba, por las que no voy en el mar, decía, y se confesaba, hasta comulgaba porque yo lo hacía, que lo hago por ti, que los curas son unos granujas y unos chupasangre y unos que no te digo, decía, y tantas cosas, tantas cosas para que pasara lo que pasó, aquella tarde de cielo plomizo en que se paró el camión, como esta tarde, delante de casa, y él mismo fue sacando los pocos muebles, el colchón, el armario, los cestos con las ropas, ella, para irse antes de lo que esperaba, un anochecer de semanas después para dejarla a ella sola, a ella con su vientre abultado con su esperanza y mi desesperanza, arrebujado en su chaquetón grande de cuadros rojinegros, con su gorra tapaboca para las noches de vigía en la mar, con sus botas de goma y las manos en los bolsillos, aquella noche de nortazo helado y lúgubres presagios que yo vi entre visillos sin lágrimas, sin una luz que recortara la silueta de mi encono, sin un mal deseo porque era hombre de mar como lo fueron mi padre y todos los míos, y por ella, que no tuvo la culpa porque le vi la cara en la escalera, y la esperanza y mi desesperanza, una cara de mujer que no sabe, un arrebol de mujer que no tiene la culpa en la causa del daño, no estaba para mi, eso, no estaba para mi, tenía razón mi madre, tendría razón cuando decía que esas son cosas que pasan, que le pasan a las mujeres, verse solas, más solas que las ratas, al parir y solas, un mal padre es mejor que la ausencia de padre, por eso debes bajar, ante la muerte todo perdonado, como buenos cristianos, todo perdonado, imagínatelo, lo que debe estar pasando, lo que ha debido estar pasando, lo que no habrá pasado esa pobre mujer.

Me salían de dentro los reproches del miedo, se me venia encima la casa sin aire, las sombras sin consuelo, ella estaba abajo, aquí arriba yo, él de cuerpo presente, de ausente yo, los ojos cerrados, abiertos los míos, tan abiertos.

  -Olvidate de lo pasado, piensa en que lo conociste de niña, que fue tu amigo, que nos reímos infinito con sus cosas, con esa forma de hablar que tenía, piensa que él antes no era así, que eso lo da la mar, el dinero fresco en los puertos después de la travesía grande, que tú no conoces a los hombres por muchos libros que hayas leído, que no hay ningún libro como la vida, y yo, que ya soy vieja, he leído casi todas sus páginas... Así que ya sabes, no te voy a obligar, pero deberías bajar conmigo.

  -Pero no bajaré. Y no quiero hablar más de esto. Lo siento tanto como lo he querido, pero no bajaré.   
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"No pudo bajar" (fragmento)
-TODO EL ORO DEL MUNDO y otros relatos-
                            _______ Enrique MONTIEL

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