sábado, 18 de mayo de 2019

Beso 💛💛💛

BESO 
________ Me cuenta un amigo historiador, a quien hago caso en estos asuntos, que fueron los romanos los primeros en besar a las mujeres en la boca, para saber si ellas habían bebido vino. Entonces, como ahora, el hecho de que los hombres se emborracharan y, mientras le daban a la bebida, hablaran de poesía, filosofía o sobre cuestiones de estado, estaba bien visto. Incluso a los jóvenes los entrenaban desde temprana edad para el arte de la ebriedad, que significa beber y mantener la compostura, sin menoscabo de la dignidad, o sea, no decir más tonterías que las estrictas, no vomitar, al menos en presencia de los demás, no lanzarse a la comisión de actos lujuriosos o inmorales, no cantar desafinando, entre otras exhibiciones de sana y auténtica alegría popular, como recitaban en el NODO. Pero estaba mal visto que las mujeres se emborrachasen en público, porque degradaba, eso decían, el valor de la mujer como madre y espejo de la feminidad, recipiente de los valores eternos.

Eso no quiere decir que no hayan cambiado las costumbres. Los jóvenes, e incluso los mayores, se besan largamente sin importar el sexo, con pasión, con deseo, con calor, como si fuese la última acción del mundo. Los veo en cualquier parte de esta ciudad: a la orilla del mar, donde los besos saben a sal; en la estación del tren, donde suenan a despedida; en la avenida, oliendo la alegría que da el transitar por una calle ancha y despejada. Y hay besos que tienen el gusto de la libertad, cuando la mañana no es más que un esbozo de luz, una promesa de alegría, un abandono de los colores. Quizás sea el beso uno de los actos en los que se reconoce el cariño que sentimos hacia los demás, un momento en que nos reconciliamos con toda la humanidad.

En el beso intervienen todos los sentidos, además. Generalmente los amantes, o simplemente amigos, que se besan cierran los ojos y así son transportados hacia otras latitudes, donde la imaginación compite con la fantasía en un espacio nunca desagradable. Las manos se mueven, buscando donde situarse; se aferran a los hombros de la otra persona o bien recorren la tersa superficie de su espalda, como si buscasen oro. El oído está atento a cualquier variación que pueda darse. Lo mismo que el olfato, que trabaja para que nada de lo que desprende la otra persona, nada de sus efluvios y de sus perfumes, se escape y se pierda. En fin, la boca para el que la trabaje, que en eso no hay distinción, ni competencia. __________________________________
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Felipe JUARISTI
Opinión- Donde nace el viento
DV 2019-05-18



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