13 de julio de 2011

Fragmento

Reconozco que me gusta más cómo escribe que lo que escribe y no soporto a su Manolito Gafotas que, seguro, es el culpable de que, cuestión de prejuicios, le haya leído poco. Sus artículos en El País del fin de semana y una rápida incursión a una de sus novelas, fracaso...  
Ésta, sin embargo, me ha sabido a poco, la verdad. Y me ha gustado mucho, pero mucho-mucho...


"No sé si la lectura continua de todas esas novelas había influido en su forma de expresarse, pero cuando años más tarde me entregué yo a Fortunata y Jacinta, encontraba personajes, como doña Lupe la de los Pavos, que hablaban igual que ella, y esa habla familiar me provocaba casi más melancolía que la despertada por la propia historia de la desgraciada Fortunata. Mi tía hablaba con una dicción perfecta, propia del Bajo Aragón, y parecía tener, como mucha gente por esos pueblos, un micrófono en el abdomen que hacía que su voz resonara y te alcanzara allí donde estuvieras en aquellas ocasiones en que yo tenía motivos para esconderme. Su manera de expresarse era rotunda, tierna en momentos contados, y tenía la facultad de ser hiriente sin la necesidad de soltar una palabra sucia.


Sus ideas no eran franquistas, aunque ella lo creyera, sino las que se desprendían del universo moral de las novelas del siglo XIX que leía. La aceptación de sus frustraciones, la dignidad con la que, a pesar de la burla (que siempre perseguía a la mujeres solas), se plantaba ante el mundo, era el eco de otro siglo. Le gustaba el orden establecido, temía los cambios que ya se anunciaban sutilmente, y era religiosa, sí, pero detestaba el talante aprovechón de los curas que se presentaban a comer de gorra y en los que creía adivinar una pulsión sexual que se desfogaba con sobrinas, sirvientas o monaguillos. No sé de qué forma llegaba esto a mis oídos en una familia en la que jamás se hablaba abiertamente de sexo, pero supongo que muy pronto aprendí a descifrar las claves de lo que no se decía. Ella era una puritana de una pieza, fiel a un mundo del que se olía la incipiente decadencia, pero, de la misma forma que defendía a Franco por amor a su hermano muerto, anunció que votaría al Partido Comunista, aun detestando a los rojos, si su sobrino se presentaba a las elecciones.


Su contacto con el mundo exterior se basaba en emociones delegadas de sus hermanas casadas o de sus sobrinos, aunque no era difícil intuir que escondía un territorio íntimo que se me antojaba muy misterioso. Cuando nos subíamos al coche en septiembre para volver a la ciudad y a la escuela, ella se despedía levantando la mano desde el umbral de la casa, dibujando una sonrisa en su cara que tenía como misión contener el llanto. A mi se me hacía también un nudo en la garganta, por la pena de no verla en meses, pero también por ella, imaginando sus andares solitarios por las habitaciones que nosotros habíamos llenado durante el verano, dejando cosas por medio, actuando con la habitual desconsideración de los niños, bulliciosos, metomentodos. No se me pasaba por la cabeza imaginar que ella podría disfrutar de su recién estrenada soledad. Tan convencida estaba yo de que su vida sin mi, sin nosotros, carecía de significado, que me olvidaba de su implacable sentido de la independencia, el mismo que le hacía cerrar la puerta sin culpabilidad ni contemplaciones al cura, a los perros vagabundos o a esas visitas a deshora que son la pesadilla de  los pueblos. Ese aspecto tozudo e insobornable de su carácter que luego he entendido tanto reconociéndolo en mi se diluía, me quedaba solo con la imagen de la tía en aquel umbral, en su andar melancólico por la casa en penumbra, acompañada más por los muertos que por los vivos, que siempre acabábamos abandonándola..."


                                                                                                                          

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