mi茅rcoles, 21 de febrero de 2018

Ama Hizkuntza Nazioarteko eguna dugu gaur

"__________ Bilbao las recibi贸 con una llovizna inm贸vil. En la puerta de la estaci贸n del ferrocarril la anciana despleg贸 un paraguas de hombre y dio el primer paso con la ni帽a pegada a su cuerpo. La niebla de agua desdibujaba los contornos de la ciudad. Las cosas se mostraban en una lejan铆a amenazante y las gentes parec铆an caminar a un cent铆metro del suelo. La anciana se las arregl贸 para apretar el pa帽uelo negro de su cabeza sin soltar la cesta que llevaba al brazo. Vest铆a el luto abrochado de las aldeanas viejas y arrastraba por sus narices una respiraci贸n tortuosa. La boca la ten铆a clausurada por una l铆nea dura de labios azules.
Se detuvieron en la esquina del edificio. Cuando se les acerc贸 el guardia municipal la ni帽a levant贸 la cara para mirar a su abuela y los labios de la anciana se apretaron tanto que se hicieron blancos. El hombre observ贸 sus atuendos de aldea y les pregunt贸 qu茅 buscaban. La ni帽a volvi贸 a mirar a la anciana, que parec铆a de piedra.
—La c谩rcel —musit贸 con transparencia.
El guardia mir贸 con curiosidad a la anciana. Luego escrut贸 a su alrededor, sofoc贸 la voz y repiti贸 la pregunta, ahora en euskera. La anciana no alter贸 la postura de su boca.
—¿Es sorda? —pregunt贸 el guardia.
La ni帽a respondi贸 tambi茅n en castellano.
—Le han dicho que si la oyen en euskera ser谩 peor para su hijo. Y no sabe m谩s.
El guardia las situ贸 al extremo de una calle que sub铆a. Permaneci贸 quieto vi茅ndolas sumergirse en una densidad trasl煤cida. En la cuesta la respiraci贸n de la anciana se hizo m谩s abrupta, pero no se concedi贸 una sola pausa. Por la calzada sub铆an y bajaban camiones penosamente, como en una operaci贸n de guerra. La acera era tan angosta que s贸lo cab铆a un paraguas y el de la anciana desplazaba a los dem谩s en su avanzar terminante. La tela negra salpicaba resonancias de tambor con las goteras de los aleros. La ni帽a o铆a a la altura de su oreja el esfuerzo fragoroso de los pulmones de su abuela. Cuando alcanzaron el alto, la anciana recuper贸 su respiraci贸n sin separar los labios y sin detenerse.
Localizaron la c谩rcel sin error. La vieron en la distancia, mojada, como si fuera de cart贸n. Era uno de esos edificios con el aire taciturno inconfundible d茅las prisiones. La ni帽a volvi贸 a mirar a su abuela y 茅sta apret贸 los labios como cuando se encontr贸 con el guardia y otra vez se le pusieron blancos.
La ni帽a ten铆a doce a帽os, pero se mov铆a con la gravedad de las personas adultas. Era espigada, con unos ojos tristes que no correspond铆an a su edad, y apenas reten铆a otro tiempo que no fuera el de la guerra. Tambi茅n vest铆a un luto total. Y si miraba tanto a su abuela era para acordarse que no deb铆a llorar.
Las detuvieron a la puerta del muro. Un teniente de tricornio y bigote lineal se les puso delante con las manos en el correaje.

—Qu茅 desean.
La anciana sigui贸 mirando al frente aunque ya hab铆a dejado de ver el edificio. El teniente repiti贸 la pregunta. El bigote se le rompi贸 con una mueca y regres贸 al resguardo del cuerpo de guardia.
—No tengo prisa —sonri贸—. Mi puesto acaba a las seis.

Los otros guardias asomaron la cabeza. La anciana sostuvo el paraguas con m谩s firmeza que nunca y la presi贸n de un labio contra otro casi le produjo dolor. Paradas sobre el guijo de la puerta ambas daban la impresi贸n de que la lluvia s贸lo ca铆a para ellas. Entonces la ni帽a empez贸 a buscar en la cesta de su abuela. La anciana le ayud贸, temblando, pero la ni帽a la mir贸 a los ojos y supo que no ten铆a miedo. Sali贸 del paraguas llevando un papel tieso. Cuando lo entreg贸 al teniente el agua lo hab铆a ablandado.
El teniente sonri贸 a煤n m谩s al tropezar con el sello del obispo. Regres贸 ante la anciana con los ojillos semicerrados.
—Es su hijo —le pregunt贸.
La anciana sinti贸 en su cara la mirada de la nieta y no movi贸 un solo tejido. El teniente le blandi贸 el papel ante los ojos.
—Adem谩s de muda es ciega —a帽adi贸.
Los guardias volvieron a asomar la cabeza para mirar. De sus figuras a煤n se desprend铆a la guerra.
—Diga algo —orden贸 el teniente a la anciana. Se meti贸 el papel en el bolsillo y cruz贸 los brazos sobre el pecho. La ni帽a le oblig贸 a volverse tir谩ndole de la guerrera. El teniente choc贸 con una mirada lacerante.
—Usted sabe que no le entiende —dijo la ni帽a—. Que s贸lo habla nuestra lengua.
Sostuvo la mirada del hombre hasta obligarle a hablar.
—Pues que no salga de casa.
—Lleva m谩s de un a帽o sin ver al padre —dijo la ni帽a.
El teniente contempl贸 a ambas desde el horror de aquella c谩rcel de posguerra. Se irrit贸 consigo mismo al advertir que dudaba. Sigui贸 mirando a la ni帽a, ya sin ning煤n deseo de hacerlo. Luego le devolvi贸 el papel, y en el momento de darle la espalda dibuj贸 en el aire una indicaci贸n con la mano.
Cruzaron un patio desolado. En una esquina hab铆a tres hombres limpiando con una manguera la caja de un cami贸n, de cuyas labias desprend铆an costras de color de h铆gado. En la puerta del edificio les sali贸 al paso un guardi谩n de barba rubia y tierna. La ni帽a le entreg贸 el papel que llevaba en la mano. El hombre lo ley贸 meticulosamente y despu茅s las mir贸 a ellas como si hubiera olvidado que las dej贸 all铆. Gir贸 sin pronunciar una palabra y se alej贸 por un corredor oscuro. La ni帽a se pregunt贸 c贸mo no pon铆a remedio al pesado pistol贸n que le golpeaba el muslo. Una repentina r谩faga de viento las azot贸 por la izquierda y la anciana.
Llevant贸 a su nieta el cuello de la chaqueta con la misma mano que llevaba la cesta. La ni帽a no olvidar铆a jam谩s aquella boca de la abuela cosida como con pernos, ni su rostro terroso cada vez m谩s sereno. Observ贸 que su expresi贸n hab铆a dejado de delatar su necesidad de hablarle. Sus ojos le transmitieron con nitidez y con un sosiego incre铆ble que no olvidara el recado que ten铆a para el padre ni el 煤nico ruego que ten铆a que hacerle al enemigo.
El guardia regres贸 detr谩s de un hombre gordo con cara de sue帽o. Les habl贸 parado a tres metros.
—Nadie puede ver a los condenados a muerte.
Su voz quebradiza produjo la impresi贸n de que hab铆a contado un chiste. Las dos figuras de la puerta no se movieron.
—Es la norma —concluy贸, parapet谩ndose en la frase.
El de la barba rubia le marc贸 con el dedo un lugar del papel. El hombre gordo extrajo unas gafas del bolsillo de su guerrera, las abri贸 con una sola mano y las encaj贸 en su rostro. Al darse cuenta de la fuerza de lo que hab铆a escrito emiti贸 un gru帽ido. —Habr铆a que encerrar al clero en las sacrist铆as. Meti贸 la mano en la cesta que llevaba la anciana y sac贸 un paquete.
—¿Qu茅 es?
—Pan, tortilla y chorizos para el padre —dijo la ni帽a.
El guardi谩n puso en sus manos el paquete.

—Ponlo en ese balde.
La ni帽a lo deposit贸 cuidadosamente en el fondo de un balde que hab铆a en el suelo. El guardi谩n las condujo a una estancia atravesada por dos tabiques de alambres formando pasillo. La abuela y la nieta esperaron un tiempo interminable estremecido por golpes de cerrojo en todo el edificio. Con el 煤ltimo estruendo de hierros se abri贸 una puerta al otro lado de los tabiques y apareci贸 una figurita irreconocible. La anciana peg贸 el rostro a la alambrada y apret贸 con vigor un labio contra otro para no traicionar su voluntad.
La ni帽a se aferr贸 con los dedos a los alambres. Mir贸 con vehemencia para comprobar si aquel era realmente su padre. Estuvo a punto de escap谩rsele el idioma de su cocina, pero descubri贸 a tiempo al guardi谩n apostado a dos pasos.
—¿Est谩 usted bien, padre? —dijo en castellano. El hombre no acertaba a hablar. La ni帽a comprendi贸 que no cre铆a del todo que ellas estuvieran all铆.
—Padre.
Los brazos del hombre segu铆an ca铆dos. No los movi贸 para hablar.
—S铆. S铆. Bien. ¿Y en casa?
La ni帽a vio c贸mo la abuela beb铆a con su expresi贸n las palabras del hijo que no entend铆a. La anciana despeg贸 los labios para dejarlos temblar.
<
—Todos bien —dijo la ni帽a.

El hombre mir贸 a su madre.
—Ama.
A la anciana se le escap贸 un aire de emoci贸n por la rendija de su boca.
—Eh —exclam贸 el guardi谩n—. Quiero o铆r que lo que hablan no sea maldito vasco.

La anciana realiz贸 un esfuerzo potente para recuperar la clausura de sus labios.
—Ama —repiti贸 el hombre.
Llevaba la misma boina y el mismo tabardo de caza con que lo apresaron en Santo帽a con medio ej茅rcito del Norte, tres a帽os antes. La c谩rcel lo hab铆a reducido a la mitad de su peso. Las pisadas del guardi谩n que recorr铆a las celdas llamando a los veinticuatro muertos de cada noche, le hab铆a vuelto los cabellos blancos.
—Cu谩ntas vacas ten茅is en la cuadra —pregunt贸.
—S贸lo tres —dijo la ni帽a—. Quitamos cinco cuando t煤…
—Est谩n sanas.
—S铆.
Luego le pregunt贸 por qu茅 no hab铆a venido el abuelo.

—No se atrevi贸 a verte aqu铆.
El hombre no tuvo necesidad de volverse hacia su madre porque desde el principio las abarcaba a las dos en una misma mirada.
—Ama.
La anciana se apret贸 m谩s contra la verja.
—Rezad por ella —dijo el hombre. La ni帽a supo que se refer铆a a la madre asesinada en Gernika tres a帽os antes.
—S铆 —contest贸.
El hombre no pudo reprimir el ruido de su respiraci贸n.
—¿Ya segu铆s guardando las semillas en el arc茅n?
—S铆 —dijo la ni帽a.
—Si no pod茅is con las tres vacas quitad alguna m谩s.
—La abuela me dice que le diga que cuando usted ten铆a once a帽os le peg贸 aquel plastazo en la cara no para castigarle por no s茅 qu茅, sino porque a ella se le hab铆a quemado el guiso y estaba de mal humor, y que le perdone ahora.
La ni帽a palp贸 con pulcritud el estremecimiento del padre.
El guardi谩n dio un fuerte chalo de mando.
—Pas贸 el tiempo. Desp铆danse. Los botones del tabardo del padre oprimieron la alambrada.
—Ama.
La ni帽a no se atrev铆a a decir adi贸s para que no acabara todo. Recibi贸 una mirada azul de su abuela y dio tres pasos hacia el guardi谩n.
—S贸lo pide una palabra en euskera.
—Est谩 prohibido.
—Es la 煤ltima que podr谩 decir al padre en este mundo.
—No es posible.
—S贸lo una palabra.
—No.
—S贸lo una.
El guardi谩n titube贸.
—Una sola —dijo.
La ni帽a regres贸 junto a su abuela y la mir贸 moviendo la cabeza hacia abajo.
La anciana se concentr贸. Empu帽贸 con fuerza la cesta para emprender el regreso al caser铆o y esper贸 a serenar su respiraci贸n. Sigui贸 concentr谩ndose con ah铆nco. Antes de desprenderse de la palabra la impregn贸 de treinta y siete a帽os, d铆a a d铆a, de convivencia con el hijo, desde el parto a aquella jaula para fieras. Al saborear por anticipado que la oir铆a 茅l, descubri贸 que ni con una muerte m谩s podr铆an derrotar su mundo los enemigos. Recogi贸 con entereza el nuevo rostro cuadriculado del hijo para el recuerdo y se sinti贸 de hierro por dentro al pronunciar:
—Agur.______"





-'Euskera ez' (Los cuentos - Primeras historias de la Guerra Interminable) / Ramiro Pinilla-















































martes, 20 de febrero de 2018

Impecables 91




































































Hoy cumple a帽os, 91 si no cuento mal... impecables, sobrios y elegantes, como 茅l... 
Sidney Poitier
Y esa mirada...






mi茅rcoles, 14 de febrero de 2018

Hitzarik ez... 馃幍馃幍馃幍




Qu茅 falsa invulnerabilidad la felicidad... ¿d贸nde est谩 ahora, d贸nde estar谩 ma帽ana?

Cuando yo muera ma帽ana, ma帽ana, ma帽ana...

habr谩 cesado el miedo de pensar que ya siempre estar茅 sola,
ma帽ana...
馃挀馃挀馃挀




Dame tu sonrisa y tu calor 
Dame la muerte y la vida 
Tu fr铆o y tu ardor
Dame tu calma 
Dame tu furor...

馃挀馃挀馃挀





La vida es la ruleta 
En que apostamos todos 
Y a ti te hab铆a tocado 
Nomas la de ganar 
Pero hoy tu buena suerte 
La espalda te ha volteado 
Fallaste coraz贸n...

馃挀馃挀馃挀