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viernes, 19 de octubre de 2012

Martingalas, mamandurrias y trileros.



Frenético fin de campaña, los mensajes parecen acumularse, todo se acelera, menuda paradoja. Digo que para qué tanto correr y lo digo empezando por mi: nada se gana en un día aunque éste sea el día dé, víspera de casi todo. Pero la vorágine nos puede. Empeñados en llegar hasta el último rincón del universo nos lanzamos a la calle o al ruedo de las redes sociales con el turbo puesto, cuanto más más, cuantos más más, que no se diga... Cuando lo que debiéramos hacer es justo lo contrario: aparcar el bólido y sentarnos cómodamente frente al ordenador o en el banco de la plaza. Y pensar en voz alta. Y conversar con el de enfrente, con el de al lado.

El domingo veintiuno nos jugamos mucho. Hablo de política, si, de política y de políticos, de elecciones, de proyectos y de gestión, de compromiso. La gente las está pasando crudas, no está el asunto para martingalas, mamandurrias ni trileros. Si me dicen, confía en mí, dame tu voto, lo mínimo que yo exijo es que me vengan de frente y con la verdad por delante. Dicho de otra manera, que me respeten, que no soy idiota. Y lo que yo quiero para mi, lo que yo exijo para mi, lo quiero y exijo para cualquiera, para todos los demás.

Este país necesita un Gobierno de verdad, uno que se lo crea, que se lo tome en serio, que se lo proponga. Un Lehendakari que no se arrugue ante las dificultades y sepa liderar un equipo formando parte de él, no ser una mera comparsa o un figura de primera, un Lehendakari que sepa arremangarse y echar el resto, las frases hechas y excusas de manual son cosa de charlatanes. Y Euskadi es un país serio. Yo quiero alguien currante al frente de mi Gobierno, sereno, de palabra y decidido. Para eso se necesita mucho cuajo pero del bueno, de ése que dicen humildad y que no abunda por estos lares. Por los de la política, digo. Y no sabéis cómo se agradece. Lo de “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” es lo que todo dios promete en campaña, si Arquímedes levantara la cabeza volvía de cabeza al agujero. Pero no, ni todos son iguales ni qué más da, que en Euskadi quien compromete su palabra, hitza ematen dut, se desnuda del todo. Y en la frenética carrera hacia el veintiuno de octubre sólo un candidato, de entre todos, ha comprometido la suya, por algo será. Será que conoce el terreno que pisa, para qué esforzarse y que ni puede ni quiere hacerlo solo, será que Euskadi y sólo Euskadi es su proyecto. Será que lo es porque antes, y siempre, ha sido el de EAJ. Será porque EAJ está con él.

Ni martingalas, ni mamandurrias ni trileros: dadme un punto de apoyo y moveré el mundo.

Mi punto de apoyo, Iñigo Urkullu Rentería y mi voto, EAJ-PNV. Porque mi mundo, como el vuestro, es Euskadi.

GORA BIHOTZAK!! EUSKADI AURRERA!!!






miércoles, 26 de septiembre de 2012

Una de quimeras. Pero menos...


UNA DE QUIMERAS
EXISTE un acuerdo bastante generalizado en que la construcción autonómica del Estado español se diseña -en parte- para tratar de integrar, en intención de otros diluir, a Euskadi y Catalunya dentro del mismo. Y que este intento -sea el de integrar o el de diluir- ha fracasado. Treinta y cinco años dan para mucho. Si algo cabe destacar es que aquel espíritu del debate constituyente, si es que de verdad algún día existió, nada tiene que ver con la historia sucedida después. Así, Euskadi y Catalunya siguen siendo un problema pendiente de resolver.

Escribo estas líneas por petición de El Punt-Avui y el Grupo Noticias. No quiero ni pretendo interferir en el debate abierto en Catalunya y, mucho menos, dar consejos o recomendaciones. Mi intención es compartir unas breves reflexiones sin más propósito que exponer simplemente unas pocas ideas. Ni mejores ni peores que las de los demás. Tampoco entraré en el debate comparativo sobre la situación y futuro de Euskadi y de Catalunya. Cada uno tiene su personalidad y cada país tiene su camino y estoy seguro que sus ciudadanos y ciudadanas sabrán encontrarlo.

De hecho, las mayorías sociales y políticas vasca y catalana favorables en la calle y en sus parlamentos -serán aún más grandes tras los próximos comicios en los dos países- a desarrollar un proyecto propio en la Unión Europea no dejan lugar a dudas. Y tampoco dejan lugar a dudas las declaraciones de los máximos responsables del Estado que se han dirigido a estas con "gran respeto": "quimeras independentistas…"; "el futuro de Catalunya se decidirá en España". El mismo respeto que en estos últimos años han tenido con todas las iniciativas democráticas presentadas por los parlamentos vasco y catalán que se han despachado, por cierto, con el mismo democrático método: el portazo. Pero en nuestros pueblos vivimos el tiempo de las "utopías realizables" de modo que, al menos, tan quimérico resulta hoy defender la independencia de Euskadi o Catalunya como la unidad de España.

Thomas Jefferson es quizás el que con más brillantez defendió la idea del útil y necesario consenso constitucional generacional. Es decir, que cada generación debería ser capaz de impulsar un debate constituyente que concluya con un acuerdo de convivencia renovado. Fíjense que en Catalunya y en Euskadi las personas con menos de 50 años no han podido decidir sobre el modelo de convivencia política, constitucional o estatutaria, que estima más conveniente mantener con España, Francia o la Unión Europea. En estos años, los cambios han sido sustanciales y solo hay que mirar todo lo que implica la existencia del euro. El Estado español se ha rediseñado a las necesidades que reclamaba la construcción de Europa y a las de la crisis económica, llevando a cabo incluso una reforma constitucional exprés. Sin embargo, por dentro se ha mantenido fosilizado. Añádase a ello que buena parte de las reglas que aprobaron quienes tuvieron la oportunidad de decidir han sido incumplidas unilateralmente por los distintos gobiernos de Madrid.

Leopoldo Calvo Sotelo, en su libro Memoria viva de la transición, dice que la LOAPA y los pactos autonómicos contribuyeron a que el proceso autonómico pasara de un régimen turbulento a un régimen laminar. Curiosa expresión, que lejos de su significado técnico, supuso "laminar" las aspiraciones legítimas y democráticas de las naciones del Estado. Al parecer, nada tuvo que ver el golpe de Estado de Tejero ni las amenazas de los militares. Años después, sería Alfonso Guerra quien dijera aquello de que "hemos cepillado" el nuevo Estatut de Catalunya. Esta tendencia al autoritarismo democrático es otro de los errores que han impedido hasta el momento solucionar el problema. Lo que hemos visto es que se prefiere enterrar los problemas a solucionar mediante el diálogo los conflictos. O, dicho de otro modo, la Constitución se presenta no como un marco donde encuentran cabida las expresiones democráticas de las naciones del Estado, sino como un martillo pilón que entierra las mismas.

La consecuencia es que nos hallamos ante un sistema que es incapaz de abrir una vía de discusión, diálogo y posterior acuerdo y que recurre al portazo o a la imposición para solventar las reclamaciones democráticas que le plantean las naciones que forman parte del Estado. Porque la propia Constitución señala al Estado como plurinacional. Este espíritu constituyente que reconocía y respetaba el carácter plurinacional es una de las quiebras unilaterales.

España ha entendido que la única nación es ella y que no hay nada más sobre lo que discutir. Un pésimo estado de opinión política porque la consecuencia que aporta es que las naciones que forman parte del Estado solo tienen dos caminos: o aceptan el modelo de convivencia que España decide unilateralmente o no tienen otro camino que irse del Estado. Resulta completamente desalentador que entre una y otra opción aún no se haya encontrado un camino que ponga el diálogo y el respeto a las ideas como bases fundamentales para resolver los problemas de encaje político territorial que es más que notorio y evidente que tiene el Estado.

Me parece más sensato partir del hecho de que hoy en día ninguna nación es plenamente soberana y que su soberanía la mantiene compartida. En el marco de la Unión Europea esto es también más que evidente y, bajando más a la actualidad, es obvio que España ha cedido importantes dosis de soberanía para tratar de solucionar su crisis económica y financiera. Ello por no decir que la va a ceder completamente. Es incoherente estimar que no hay problema para compartir soberanía dentro de la UE con la troika, con Luxemburgo, con Estonia o con Grecia, pero sí con Catalunya o Euskadi.

El concepto de soberanía compartida, por tanto, resulta muy útil y recomendable para encarar la solución de reivindicaciones de naciones que forman parte del mismo Estado. A mi entender es la mejor lección que podemos extraer de la sentencia que en su día, y ante un problema similar, dictó el Tribunal Constitucional de Canadá. Estableció que si en Quebec había una expresión democrática clara de modificación de su estatus político, el Gobierno de Canadá tiene la obligación de abrir una vía de diálogo y acordar una solución que ofreciera un cauce a las reivindicaciones planteadas y refrendadas por la sociedad québécois.

Podríamos decir que el Reino Unido se plantea un modelo similar con Escocia y deberíamos copiar el talante cívico y democrático con el que los ciudadanos escoceses y británicos abordan este debate. Y no tengo duda alguna de que el debate sobre la identidad va a ser uno de los debates más relevantes del siglo XXI. Un debate que dejará en evidencia reflexiones falsarias como la que afirma que si vivimos juntos decidimos juntos. Para vivir juntos y decidir juntos hay que tener primero la oportunidad de decidir si queremos vivir juntos, como tuve ocasión de expresar en las Cortes españolas, en día no muy lejano en el tiempo y que jamás olvidaré, representando a mi pueblo.

En mis clases trato de explicar que el gobierno en los distintos países debe ponerse al servicio del desarrollo humano sostenible. Es decir, el gobierno no es solamente disfrute del poder, sino una gestión de las herramientas económicas y fiscales que tenemos a nuestro servicio para cohesionar la sociedad, articular mecanismos de solidaridad y favorecer el crecimiento económico, el empleo, la redistribución equitativa de la riqueza, etc.

Y el problema comienza cuando una nación estima que no tiene las herramientas suficientes para llevar a cabo esta labor. Diagnosticar el problema no es lo relevante. Y Catalunya y Euskadi son un ejemplo. Lo relevante es buscar una solución que no pase por la utilización de la Constitución como un martillo pilón. Así intenté expresarlo en el turno de réplica en el citado debate del Congreso: "¿Saben lo que van a hacer ustedes hoy si se dice no, si se da un portazo al conjunto de la sociedad vasca, mayoritariamente representada en esta decisión del Parlamento Vasco? Es erigir un gran monumento a la necesidad que tenemos, mañana mayor que hoy, de solucionar las cosas hablando y negociando".

Jefferson tiene razón, no es una quimera.


                                                                                Juan José IBARRETXE MARKUARTU. Lehendakari ohia.
                                                       Publicado en los diarios del Grupo NOTICIAS - 26 de septiembre 2012-