Cantos rodados y letras afiladas, recuerdos, guiños literarios, inquietudes... La vida, mis cosas y yo.
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miércoles, 25 de febrero de 2015
miércoles, 6 de agosto de 2014
Los pantalones de Joana
______ Me he encontrado entre archivos viejos del ordenador (que es como el baúl de los recuerdos moderno) este relato al que le tengo cariño... Primero porque es true story, segundo porque lo escribí horas antes de conocer a Iñaki y tercero (aunque puede sonar pretencioso) porque pienso que puede hacerle sentirse mejor a quien alguna vez se haya desesperado buscando ropa en la que caber...
Joana OCHOTECO
https://www.facebook.com/notes/joana-ochoteco/mis-pantalones-favoritos/10152569621664647
https://www.facebook.com/notes/joana-ochoteco/mis-pantalones-favoritos/10152569621664647
MIS PANTALONES FAVORITOS
"Tengo unos pantalones que ya nunca me pongo pero de los que jamás me desharé. Son negros, rectos y de algodón. Y también enormes.
Cuando los compré tenía veintiún años y una talla 46. Salí de casa a primera hora de una tarde de otoño para ir de compras, yo sola. La primera parada fue Zara: un arco iris de chaquetas, la gama cromática entera reflejada en jerseys por lo demás idénticos. Vaqueros de todas las formas y colores, pero nada por encima de la talla 42.
Ni siquiera lo intenté en la sección de pantalones. Encontré, de puro churro, alguna camiseta dudosamente etiquetada como XL que convertía mi abdomen en un espectáculo de flaccidez contenida, mi pecho en algo tan obvio que me avergonzaba. Me la quité, la dejé sobre el montón de ropa junto al probador y salí de allí pitando.
Luego fui a Bershka y fue peor. Prefiero ahorrarles los detalles, apenas recuerdo una minifalda en la que uno sólo de mis muslos se hubiera sentido oprimido.
A Pull & Bear llegué sin demasiadas esperanzas y avergonzada. Era consciente de mi talla y peso, pero creo que hasta ese día nunca me había sentido tan humillada por mi propio cuerpo, tan conscientemente gorda en un mundo que te programa para creer que debemos lucir y explotar la plenitud de un modelo de belleza impuesto. La única plenitud allí era la de las prendas que me probaba, y más que plenas parecían a punto de reventar.
Y les confesaré que cuando salí de la tercera tienda no iba llorando, pero casi. De esas veces que te arden los ojos y se te cierra la garganta, pero el motivo de tu tristeza te resulta tan estúpido que no te permites llorar. Esa misma tristeza y el deseo de que se me tragase la tierra me arrastraron hacia cierta calle peatonal donde hay varias tiendas de ropa; no franquicias de multinacionales, pero tiendas de ropa al fin y al cabo. Y entré en una. Porque a veces la vencida no es la tercera, supongo
No les he dicho que las dependientas flacas y etéreas de Zara, Bershka y Pull & Bear me lanzasen miradas mezcla de desprecio y compasión. Quizá hubiera casado con el contenido de este relato, pero es que no ocurrió así. Yo creo que, pese a mi tamaño, ni me vieron. Pero en aquella cuarta tienda había una dependienta, también flaca aunque más terrenal, que se me acercó con una sonrisa encantadora y me ofreció su ayuda. Le conté lo que había: que estaba buscando ropa nueva, pero que no encontraba nada mi talla. “¿Cómo que no?", me dijo, y parecía genuinamente extrañada. “Vas a ver, tengo un montón de cosas que van a sentar fenomenal".
No recuerdo exactamente sus palabras, pero sí la sensación que me transmitió: que tanto ella como yo, veinteañeras separadas por diez tallas y decenas de kilos, teníamos el mismo derecho a entrar en un pantalón y a sentirnos guapas. Ni rastro de compasión o falsa amabilidad; sólo su convicción de mi derecho a encontrar unos pantalones que me sentasen bien. Y allí estaban: negros y rectos, con un detalle de tachuelas a la altura de los tobillos y una cremallera inútil en el bolsillo delantero. Me encantan las tachuelas y las cremalleras que no abren ni cierran nada, sólo adornan. Me encantaron aquellos pantalones de la talla 46, que se ajustaban a mi tripa sin aplastarla, que marcaban mis piernas sin embutirlas. Cuando salí de nuevo a la calle seguía pesando 90 kilos pero, ¿saben qué? Me sentía bien. No tanto como guapa, tampoco nos engañemos, pero sí bien.
Fíjense si me sentía bien que caminé durante un buen rato, disfrutando del tacto de aquel algodón que no oprimía. Caminé aquel día, y al siguiente, y también al siguiente. Incluso empecé a salir más, y no sólo a andar, sino también a bailar, reírme y a disfrutar de la vida en general. Y de una buena napolitana de chocolate de vez en cuando. Vamos a ver, no fue sólo por aquellos pantalones sino que confluyeron varias circunstancias; pero la más simbólica de todo el proceso fue aquella compra.
Fueron mis pantalones favoritos durante bastante tiempo, pero ya no. Seis años después, mis predilectos son unos vaqueros oscuros, gastadísimos de tanto ponérmelos. Son de la talla 38. Y es que fíjense si caminé con aquellos pantalones negros, que en año y medio me dejé treinta kilos en el camino. Por eso ya nunca me los pongo, porque se me caerían y no es plan.
Pero los conservo. Primero porque me encantan, segundo porque quién sabe si no volveré a encontrarme con esos treinta kilos en alguna encrucijada a la que me arrastren demasiadas napolitanas, y tercero para recordarme a mi misma que una chica no necesita caber en una talla 38 para sentirse guapa. Sólo necesita unos pantalones que le sienten bien, unos pantalones con los que caminar sonriente por el mundo."
Cuando los compré tenía veintiún años y una talla 46. Salí de casa a primera hora de una tarde de otoño para ir de compras, yo sola. La primera parada fue Zara: un arco iris de chaquetas, la gama cromática entera reflejada en jerseys por lo demás idénticos. Vaqueros de todas las formas y colores, pero nada por encima de la talla 42.
Ni siquiera lo intenté en la sección de pantalones. Encontré, de puro churro, alguna camiseta dudosamente etiquetada como XL que convertía mi abdomen en un espectáculo de flaccidez contenida, mi pecho en algo tan obvio que me avergonzaba. Me la quité, la dejé sobre el montón de ropa junto al probador y salí de allí pitando.
Luego fui a Bershka y fue peor. Prefiero ahorrarles los detalles, apenas recuerdo una minifalda en la que uno sólo de mis muslos se hubiera sentido oprimido.
A Pull & Bear llegué sin demasiadas esperanzas y avergonzada. Era consciente de mi talla y peso, pero creo que hasta ese día nunca me había sentido tan humillada por mi propio cuerpo, tan conscientemente gorda en un mundo que te programa para creer que debemos lucir y explotar la plenitud de un modelo de belleza impuesto. La única plenitud allí era la de las prendas que me probaba, y más que plenas parecían a punto de reventar.
Y les confesaré que cuando salí de la tercera tienda no iba llorando, pero casi. De esas veces que te arden los ojos y se te cierra la garganta, pero el motivo de tu tristeza te resulta tan estúpido que no te permites llorar. Esa misma tristeza y el deseo de que se me tragase la tierra me arrastraron hacia cierta calle peatonal donde hay varias tiendas de ropa; no franquicias de multinacionales, pero tiendas de ropa al fin y al cabo. Y entré en una. Porque a veces la vencida no es la tercera, supongo
No les he dicho que las dependientas flacas y etéreas de Zara, Bershka y Pull & Bear me lanzasen miradas mezcla de desprecio y compasión. Quizá hubiera casado con el contenido de este relato, pero es que no ocurrió así. Yo creo que, pese a mi tamaño, ni me vieron. Pero en aquella cuarta tienda había una dependienta, también flaca aunque más terrenal, que se me acercó con una sonrisa encantadora y me ofreció su ayuda. Le conté lo que había: que estaba buscando ropa nueva, pero que no encontraba nada mi talla. “¿Cómo que no?", me dijo, y parecía genuinamente extrañada. “Vas a ver, tengo un montón de cosas que van a sentar fenomenal".
No recuerdo exactamente sus palabras, pero sí la sensación que me transmitió: que tanto ella como yo, veinteañeras separadas por diez tallas y decenas de kilos, teníamos el mismo derecho a entrar en un pantalón y a sentirnos guapas. Ni rastro de compasión o falsa amabilidad; sólo su convicción de mi derecho a encontrar unos pantalones que me sentasen bien. Y allí estaban: negros y rectos, con un detalle de tachuelas a la altura de los tobillos y una cremallera inútil en el bolsillo delantero. Me encantan las tachuelas y las cremalleras que no abren ni cierran nada, sólo adornan. Me encantaron aquellos pantalones de la talla 46, que se ajustaban a mi tripa sin aplastarla, que marcaban mis piernas sin embutirlas. Cuando salí de nuevo a la calle seguía pesando 90 kilos pero, ¿saben qué? Me sentía bien. No tanto como guapa, tampoco nos engañemos, pero sí bien.
Fíjense si me sentía bien que caminé durante un buen rato, disfrutando del tacto de aquel algodón que no oprimía. Caminé aquel día, y al siguiente, y también al siguiente. Incluso empecé a salir más, y no sólo a andar, sino también a bailar, reírme y a disfrutar de la vida en general. Y de una buena napolitana de chocolate de vez en cuando. Vamos a ver, no fue sólo por aquellos pantalones sino que confluyeron varias circunstancias; pero la más simbólica de todo el proceso fue aquella compra.
Fueron mis pantalones favoritos durante bastante tiempo, pero ya no. Seis años después, mis predilectos son unos vaqueros oscuros, gastadísimos de tanto ponérmelos. Son de la talla 38. Y es que fíjense si caminé con aquellos pantalones negros, que en año y medio me dejé treinta kilos en el camino. Por eso ya nunca me los pongo, porque se me caerían y no es plan.
Pero los conservo. Primero porque me encantan, segundo porque quién sabe si no volveré a encontrarme con esos treinta kilos en alguna encrucijada a la que me arrastren demasiadas napolitanas, y tercero para recordarme a mi misma que una chica no necesita caber en una talla 38 para sentirse guapa. Sólo necesita unos pantalones que le sienten bien, unos pantalones con los que caminar sonriente por el mundo."
sábado, 20 de julio de 2013
viernes, 14 de junio de 2013
martes, 4 de junio de 2013
viernes, 22 de marzo de 2013
Quinta Avenida
martes, 12 de marzo de 2013
Monseñor Jorge Urosa. Y ejerce...
Roma, en los previos al cónclave, el cardenal-arzobispo de Caracas, Monseñor Jorge Urosa. Vasco, de los de txapela y amen. O sea, un monseñor de los de verdad... O sea, me encanta...
martes, 23 de octubre de 2012
Es también mi opinión.
Cuánta maldad. Fíjense que desde hace semanas —y no les cuento desde el domingo por la noche— no dejo de recibir puyitas irónicas. “Confiesa que lo vas a echar de menos, aunque sea un poquito”, me sueltan, junto a una sonrisilla construída con una boca y unos ojos de verdad o con un punto y coma y el signo de cierre de paréntesis. Pues no, en absoluto. Ni imaginan el profundo deseo y la perentoria necesidad de pasar esta página que sentía. Miento: sí se lo imaginan, me consta que a muchas y muchos de ustedes les ocurría exactamente lo mismo. Por eso sé que también serán capaces de comprender que la inmensa sensación de alivio es de largo más poderosa que el vértigo que da mirar al futuro y comprobar que lo que viene tiene dientes de tiburón y garras de puma. Creo que Iñigo Urkullu es el primero que sabe que se las va a tener que ver con una réplica del infierno a escala 1:1.
No quedará otra que entrar en ese capítulo, pero antes —de eso van estas líneas— hay que poner un epílogo inevitablemente incompleto al que estamos dejando atrás. Frente a ustedes saco mi pañuelo blanco y, sin lágrimas ni nada que se les parezca, le digo adiós a Patxinia. Quién sabe, puede que el tiempo y algunos historiadores con vocación respostera hagan un apaño con esta época de tinieblas y al final resulte que no fue para tanto. Por mi parte, les pongo por testigos de mi empeño en guardar el recuerdo sin aditivos ni colorantes. ¿Por rencor o revanchismo? No va por ahí; se me dan fatal las vendettas. Es simplemente que me niego a trampear la memoria.
Vindico y reivindico cada vivencia. Igual las regulares que las pésimas como esta que me ha hecho descender no sólo al pozo séptico de lo político sino, ay, de lo humano. Eso último es, con diferencia, lo que más me ha dolido durante estos tres años y medio. Hay comportamientos que no comprenderé ni aunque viva quince eternidades. Adiós, Patxinia, adiós.
Es que no se puede decir mejor. Y dicho queda... Javier Vizcaino, un maestro. Gracias.
http://blogs.deia.com/mas-que-palabras/2012/10/23/adios-a-patxinia/
domingo, 12 de agosto de 2012
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